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Wednesday, September 8, 2010
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Categoría: Isla de la Cultura
Subcategoría: Patrimonio Etnográfico
No resulta sencillo articular una definición de patrimonio etnográfico, al existir diferentes perspectivas sobre el contenido y los aspectos que debe englobar dicho concepto. Por lo general, se alude bajo este término al conjunto de elementos materiales e inmateriales vinculados a las formas de vida y actividades económicas tradicionales, de carácter preindustrial, en gran parte extintas o muy transformadas. Pero las tendencias actuales conciben un patrimonio etnográfico mucho más amplio, que abarca el conjunto de las formas de vida y sistemas ideológicos de una sociedad, en toda su complejidad pasada y presente, sin que pueda reducirse a una colección de objetos o inmuebles ni a una sucesión de epígrafes tratados de forma aislada: gastronomía, artesanía, fiestas, etc.
Desde esta perspectiva, la isla de Tenerife ha podido conservar un rico legado material e inmaterial que sirve de testimonio a un proceso de evolución cultural durante cinco siglos, en el que se han amalgamado elementos de la más diversa procedencia geográfica y cuya fusión ha conformado nuestra herencia colectiva y nuestra identidad isleña.

Resulta incuestionable que el paisaje agropecuario que se ha ido gestando en Tenerife desde la conquista acoge buena parte de los elementos que conforman este patrimonio. Los ejemplos de arquitectura doméstica, caracterizada por su funcionalidad e integración en el medio natural, junto con las infraestructuras e instalaciones de carácter tradicional que intervinieron en los procesos productivos agrarios durante siglos –eras, lagares, bodegas, molinos de agua y viento, hornos, corrales, estanques, atarjeas, entre otros- se reparten por toda la geografía insular. Caseríos como Masca, Icor, Casas Altas o Chirche constituyen el mejor testimonio de una forma de vida tradicional, cuya dureza y dificultades contrasta con la imagen idílica que hoy inspira su visita.

Estas actividades básicas de subsistencia, completadas con las faenas de pesca, de aprovechamiento del monte y de explotación de materias primas -como la piedra, el barro, la sal o el agua- nos han dejado una pluralidad de construcciones, pero también de aperos, utensilios y herramientas, de oficios y técnicas, que contribuyen a revelar cómo se ha vivido en esta isla “desde siempre”. No podemos olvidar aspectos intangibles, a la vez que esenciales, de esta manera de interpretar la vida. Las creencias, los símbolos, la dependencia de la naturaleza y de los fenómenos meteorológicos, que se tiñe de religiosidad y devoción a determinados santos, vírgenes e imágenes; las formas de diversión –el folklore, las fiestas y los deportes vernáculos-, los remedios contra la fatalidad de las enfermedades, la indumentaria popular o el propio habla de la isla, completan la globalidad de nuestra cultura tradicional.
Ampliar foto La protección del patrimonio etnográfico no resulta sencilla. Se aleja tanto de la monumentalidad de las grandes realizaciones arquitectónicas como de la identificación con un pasado remoto, imbuido en el mito, que finalizó con la conquista europea. Es el patrimonio de lo cotidiano, de las “cosas” y de las “costumbres” que siempre nos han acompañado. En la mayoría de los casos no reflejan sino las penurias y miserias padecidas por nuestros antepasados en su lucha por una magra supervivencia, lejos de la opulencia actual, y con una tendencia al olvido y a su desaparición.

En este sentido y con todas las dificultades que entraña, la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias aboga por asegurar la protección de estos bienes etnográficos, aun a expensas de la contradicción que supone poner frenos y encorsetar la propia evolución de la cultura.
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