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Friday, September 10, 2010
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Categoría: Isla Verde
Subcategoría: Flora
La flora tinerfeña presenta estrechos vínculos con su entorno, tanto con las otras Islas Canarias, como con los archipiélagos de Madeira, Azores, Cabo Verde y Las Salvajes, y con determinadas áreas de la costa noroccidental de África, que conforman la denominada Macaronesia. A pesar de ello la Isla de Tenerife se caracteriza por una gran diversidad florística exclusiva, fruto del aislamiento propio de la insularidad y de una evolución ambiental diferenciada durante las crisis climáticas globales registradas en otros periodos geológicos. Estas condiciones, que han potenciado a su vez la rica biodiversidad insular, diferencian a una flora local, marcada por las elevadas tasas de endemicidad (en la Isla hay, en total, unas 200 especies endémicas de Canarias y unas 150 que exclusivas de la propia Isla), de su marco biogeográfico.

Al igual que ocurre con la vegetación, la flora muestra un clara pauta organizativa condicionada por la variación altitudinal de la humedad y las temperaturas, que determinan una sucesión de seis pisos bioclimáticos cuyas condiciones ambientales específicas favorecen el desarrollo de determinados táxones o familias especialmente adaptados a ellas.

Las zonas más bajas de la geografía insular quedan marcadas por la elevada salinidad fruto de la cercanía al mar, además de por el elevado estrés térmico e hídrico. Estas condiciones favorecen en gran medida la presencia de especies de bajas exigencias ambientales (salinidad, agua, suelos, etc.) como el tomillo de mar (Frankenia erecifolia), la lechuga de mar (Astydamia latifolia), la piña de mar (Atractylis preauxiana), el salado (Schizogne sericea), la siempreviva (Limonium pectinatum) o el perejil de mar (Crithmum maritimum) entre otros. Muchos de los nombres comunes han sido otorgados en función del parecido de las especies con otras de uso o presencia más común.
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Cuando la influencia de las sales marinas llevadas por el viento comienza a disminuir aparece el cardonal-tabaibal, primero con presencia de tabaiba dulce (Euphorbia balsamifera), más preparada para soportar cierta salinidad y, ya lejos de la influencia de la salinidad, pasa a estar dominada por cardones (Euphorbia canariensis), tabaibas amargas (Euphorbia regis-jubae) y cornicales (Periploca laevigata) entre otras especies. También abundan en esta franja las magarzas o margaritas (Argyranthemum ssp.), los verodes (Kleinia neriifolia) y bejeques (Aeonium ssp.), o el mato risco (Lavandula canariensis).

A medida que la humedad y el estrés térmico disminuyen al ganar altura se desarrollan especies que ya alcanzan porte arbóreo y que, en muchas ocasiones, aparecen entremezcladas con flora del piso basal, la laurisilva o el pinar, en función de los ecosistemas más próximos. La palmera canaria (Phoenix canariensis), el drago (Dracanea draco), la sabina (Juniperus turbinata), el acebuche (Olea europea) o el almácigo (Pistacia atlantica) conforman, entre otras, las especies arbóreas más comunes. En función de las características ambientales, se desarrolla un cortejo florístico que puede adquirir mucha importancia múltiples variedades de magarzas, cerrajas (Sonchus ssp.), chahorras (Sideritis ssp.), tajinastes (Echium ssp.), siemprevivas, etc.

Bajo la influencia humectante y fresca del manto de estratocúmulos se desarrolla la laurisilva, un bosque denso y muy biodiverso en el que se desarrollan gran número de endemismos Las especies más características son laureles (Laurus azorica), brezos (Erica arborea), fayas (Myrica faya), acebiños (Ilex canariensis), bicacareras (Canarina canariensis), mocaneras (Visnea mocanera), adernos (Ardisia bahamensis), palo blancos (Picconia excelsa), barbusanos (Apollonia barbujana), tilos (Ocotea foetens) etc. Acompañando a los árboles se desarrolla un importante sotobosque húmedo en el que se encuentran especies como la corregüela de monte (Convolvulus canariensis), cerrajas, crestas de gallo (Isoplexis canariensis), poleo de monte (Bystropogon canariensis), etc., así como numerosos briófitos (musgos y líquenes).

A cotas superiores, donde el mar de nubes no deja sentir su efecto, los contrastes climáticos otorgan ventajas competitivas al pino canario (Pinus canariensis) que se establece como especie dominante en la más extensa formación boscosa de la Isla. Junto a ella aparecen en zonas de transición especies arbóreas de otros pisos, pero en general la riqueza florística es baja y se limita a arbustos como los esjuagarzos (Cistus simphytifolius), corazoncillos, escobones, tajinastes, retamas, codesos (Adenocarpus foliosus), etc. cuya distribución depende de las características climáticas locales.

En las zonas más elevadas se desarrolla un matorral formado por retamas (Spartocytosus supranubius), codesos, etc. muy adaptados a entornos de alta montaña y con una gran presencia de endemismos. Junto a ellas figuran otras especies como la hierba pajonera (Descuraina bourgaeana), el alhelí del Teide (Erysimum scoparium), el tajinaste rojo del Teide (Echium wildpretii) de llamativa floración o la conocida violeta del Teide (Viola cheiranthifolia).
Ampliar foto La existencia de ecosistemas singulares introduce numerosas posibilidades para la flora que, para aprovecharlos, ha evolucionado desarrollando un alto grado de endemicidad. Destacan las comunidades rupícolas con vegetación arbórea de todos los pisos como cedros (Juniperus cedrus), pinos, acebuches, etc. y una importante aportación de arbustos y herbáceas (tajinastes, verodes y bejeques, cerrajas, siemprevivas, etc.). También las comunidades higrófilas y las cuevas volcánicas ofrecen interesantes hábitats ricos en endemismos, cuyo máximo exponente lo forman las saucedas de ribera (caracterizadas por la presencia de Salix canariensis, sauce canario).
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